ALEJO O´REILLY, UNA MADRUGADA Y UNA ANÉCDOTA PARA DESPEDIRTE

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Era la madrugada del 25 de octubre de 1987. Después de la lluvia, del juego retrasado y de no pocos cambios de asiento, todavía a la 1:47 de la madrugada estaba con mi tío en el Latinoamericano. Precisamente a esa hora Alejo O´Reilly soltó un batazo profundo, de esos que vuelan empinado por encima de la cerca del jardín derecho, frente al derecho taipeiano Huan Ping-Yang, suficiente para decidir la VIII Copa Intercontinental de Béisbol.

Esta mañana del 1 de septiembre del 2022 recordé cada minuto de aquella noche-madrugada interminable cuando supe de la muerte del recio bateador zurdo, nacido en Quemado de Güines, y que hizo historia en aquel evento al imponer récord de 11 jits de forma consecutiva y ser el líder de los bateadores (533).

O´Reilly le dio la vuelta al cuadro esa madrugada con las manos en alto y todos en el Coloso del Cerro saltábamos de emoción y cubanía. Hoy, casi 35 años después, todos levantamos la voz con dolor, pues despedimos a un pelotero sencillo, talentoso, virtuoso para dar jonrones (240 de por vida), pero a quien marcaron también algunas injusticias deportivas a partir de su complexión física y la tozudez de algunos técnicos y directivos que decidían las nóminas de los equipos Cuba por aquel entonces.

Lejos de hablar de estadísticas o de sus naturales dotes de comunicador sin cortapisas, me queda de recuerdo una conversación muy rápida que tuve con él en un Juego de las Estrellas celebrado en Ciego de Ávila, la provincia donde brilló más que en su natal Villa Clara, y en la que clasifica como uno de los más grandes peloteros que ha vestido ese uniforme.

alejo 2 • Entre Jugadas

Para algunos O´Reilly era el Vikingo, para otros el gordito de Quemado, para muchos un zurdo temible a la ofensiva, que coincidió buena parte de su carrera con el Gigante del Escambray Antonio Muñoz en el equipo de Villa Clara en las Series Nacionales, luego en Las Villas durante las Series Selectivas y finalmente en el equipo Cuba.

De eso precisamente le pregunté aquella noche en tierra avileña, cuando sentado en la mesa junto a Vinnet y Wilfredo Sánchez no dudó en soltar una sonrisa y afirmar: “No sé por qué se empecinan los periodistas en compararme. Muñoz no tiene comparación. Yo quería ser como él desde chiquito. Y si algo hice en la pelota fue por haber escuchado sus consejos. Todo lo que hice en los equipos nacionales de 1987, 1988, 1989 se lo debo a Muñoz, que me enseñó muchas cosas, lo mismo adentro que fuera de un terreno”.

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Quizás en la despedida de O´Reilly muchas anécdotas puedan contarse, pero decidí esta porque habla de esa naturalidad campechana, de la admiración y no envidia entre dos grandes jugadores, del ejemplo que para las nuevas generaciones marca un bateador, que acomodado hacia atrás en la caja izquierda del home, con un estilo propio para sacar el bate de aluminio como si fuera un bastón de juguete, nos hizo esperar a miles de aficionados hasta la 1:47 de la madrugada de aquel 25 de octubre de 1987 para gritar: ¡Sí, Cuba campeón!.

Con eso hubiera bastado para la inmortalidad Alejo O´Reilly. Así lo recordamos miles, millones de amantes del béisbol. Descansa en paz.

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